Apagas la pantalla y en cuestión de segundos ya buscas otra. No es que no soportes estar solo. Es que no soportas el silencio que queda cuando nadie ni nada te está hablando.
A esa persona que te hizo daño ya la perdonaste, o al menos lo intentas cada día. Pero cuando piensas en lo que tú mismo hiciste, la misma gracia que ofreces a otros parece no alcanzarte a ti.
Conseguiste el puesto, el reconocimiento, la aprobación que buscabas. Y en vez de calma, lo que sientes es el temor de que en cualquier momento descubran que no eres tan capaz como parece.
Puedes estar en una fiesta, en un chat familiar activo, en una oficina llena. Y aun así, de camino a casa, sentir exactamente la misma soledad que sentirías en una casa vacía.
La aprobación que consigues nunca alcanza para llenar el espacio que en realidad necesita otra cosa.
La mayoría de las etiquetas que cargas nunca las firmó Dios. Antes de cualquier logro o cualquier herida, ya existía una verdad de fondo sobre ti.
No hablamos de la que aparece en una portada. Hablamos de una que solo tú puedes ofrecer, y que probablemente nadie te ha ayudado todavía a reconocer.
Aprendiste a responder "bien, todo bien" incluso cuando no lo estás. Ese hábito tiene un costo que casi nadie mide a tiempo.
Nadie te enseñó a construir esa coraza de un día para otro. La armaste pieza por pieza, cada vez que bajar la guardia salió caro.