Apagas el televisor y antes de diez segundos ya tienes el teléfono en la mano. Terminas de manejar y, aunque ya llegaste, dejas el podcast sonando un poco más. Te metes a la ducha y sientes la tentación de poner música, porque esos cinco minutos de silencio se sienten, de alguna manera extraña, incómodos. No es que odies estar solo. Es que en cuanto todo lo de afuera se calla, algo de adentro empieza a hablar, y ese es el sonido que en realidad estás evitando.
Lo que aparece en ese silencio rara vez es paz inmediata. Puede ser una preocupación que llevas días aplazando, una conversación pendiente que no sabes cómo empezar, una tristeza que no has terminado de sentir, o simplemente la pregunta de si la vida que llevas es la que de verdad querías. El ruido constante no borra esos pensamientos, solo los mantiene a raya un rato más. Y mientras más tiempo pasa sin enfrentarlos, más grande se vuelve la sensación de que ya no puedes quedarte a solas contigo mismo ni cinco minutos.
El silencio donde Elías esperaba una respuesta
Elías llega al monte Horeb agotado, después de una victoria enorme seguida de un miedo tan grande que le pidió a Dios que le quitara la vida. Antes de decirle nada, Dios lo deja dormir y lo alimenta. Solo después lo lleva a la entrada de una cueva a esperar. Pasa un viento tan fuerte que parte las rocas, pasa un terremoto, pasa un fuego. El texto es insistente en repetir que Dios no estaba en ninguno de esos tres. Después de todo eso viene un silbo apacible y delicado, una voz suave, casi un silencio con forma de sonido. Y es ahí, no en el espectáculo, donde Elías se cubre el rostro y sale a escuchar.
Lo llamativo es que Dios no aprovecha ese momento para regañarlo por haber huido con miedo. Le hace la misma pregunta que le había hecho antes de la tormenta: “¿qué haces aquí, Elías?” Es una pregunta que lo obliga a decir en voz alta lo que llevaba cargando en silencio. El silencio no fue el castigo. Fue el espacio donde por fin pudo nombrar lo que sentía.
Lo que Jesús buscaba en los lugares vacíos
Jesús, con multitudes que lo buscaban desde el amanecer, con enfermos por sanar y preguntas por responder, seguía haciendo algo que parecería ineficiente para alguien con tanto que hacer: se levantaba antes del amanecer y se iba solo a un lugar desierto a orar. No lo hacía para escapar de la gente. Lo hacía porque necesitaba ese espacio sin ruido para mantenerse conectado con el Padre. Si Jesús necesitaba ese silencio, quizás evitarlo a toda costa no es simplemente una manía personal, sino una cita que seguimos posponiendo.
No tienes que llenar cada espacio vacío para estar bien. La próxima vez que el silencio se sienta incómodo, vale la pena preguntarte si lo que te inquieta ahí no es evidencia de que algo anda mal contigo, sino una invitación a escuchar algo que el ruido nunca te ha dejado oír.