Lo dices casi sin pensarlo: “ojalá te aplicaras como tu hermana” o “a esta edad tu hermano ya sabía comportarse”. La frase sale antes de que la puedas frenar, y solo después de verla en la cara de tu hijo te das cuenta de lo que acabas de hacer. Muchos crecimos escuchando exactamente ese tipo de comparación y juramos que jamás la repetiríamos con nuestros propios hijos. Y sin embargo, aquí estamos, midiendo a un hermano contra el otro casi sin darnos cuenta, como si la comparación fuera el idioma por defecto de la crianza.

Parte del problema es que la comparación se siente útil en el momento: parece una forma rápida de motivar, de corregir, de señalar lo que esperamos. Pero lo que un hijo escucha no es “tu hermana estudia más”, escucha “entre los dos, ella es la que vale más aquí”. Y esa idea, una vez sembrada, no se queda contenida a un solo comentario. Se convierte en la forma en que ese hijo empieza a entender su lugar en la familia, y muchas veces en la forma en que entiende su propio valor por el resto de su vida.

Lo que el favoritismo le costó a una familia entera

La Biblia no suaviza lo que pasó en la familia de Jacob. El texto dice directamente que “amaba a José más que a todos sus otros hijos” y que incluso le hizo una túnica especial que lo distinguía del resto (Génesis 37:3). El resultado no es sorpresa para nadie que haya vivido algo parecido: “viendo sus hermanos que su padre lo amaba más que a todos ellos, le aborrecían, y no podían hablarle pacíficamente” (37:4). Esa historia termina con hermanos vendiendo a su propio hermano y mintiéndole a su padre durante años. El texto no lo presenta como una anécdota menor, sino como el origen de una herida familiar que tomó décadas en sanar.

Lo que hace tan honesta esta historia es que no culpa solamente a los hermanos por su rencor. Deja ver con claridad de dónde vino ese rencor: de un padre que, quizás sin intención de hacer daño, dejó claro con sus acciones quién ocupaba el primer lugar en su corazón.

Formado a propósito, no en comparación con nadie

El salmista describe algo que cambia por completo el punto de referencia: “tú formaste mis entrañas; me hiciste en el vientre de mi madre… maravillosas son tus obras” (Salmo 139:13-14). Cada hijo fue formado de manera individual, con una intención propia, no como una versión mejor o peor de su hermano. Pablo lo confirma cuando dice que somos “hechura suya, creados… para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano” (Efesios 2:10). Esas buenas obras no son las mismas para cada hijo, porque tampoco los hizo iguales.

Quizás la pregunta que vale la pena hacerse no es cómo lograr que ambos hijos destaquen en lo mismo, sino si estás dispuesto a ver a cada uno por lo que de verdad es, sin la sombra del otro de por medio.