Pasaje

“Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.” — Efesios 4:32

Reflexión

Es curioso, pero muchas veces resulta más fácil perdonar algo grande de alguien lejano que un comentario pequeño de alguien con quien vives todos los días. El mismo error, dicho de la misma forma, duele más viniendo de quien esperamos que nos conozca mejor. Con el tiempo, esos pequeños roces sin resolver se acumulan, y una casa que debería ser el lugar más seguro empieza a llenarse de silencios incómodos y cuentas pendientes que nadie se anima a nombrar.

Pablo no escribe esta instrucción pensando en desconocidos. La escribe pensando en comunidades cercanas, en personas que van a seguir viéndose todos los días, exactamente como una familia. Y no pide un perdón genérico. Pide uno con una medida específica: “como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. Ese perdón no esperó a que mereciéramos algo. Llegó primero, antes de cualquier disculpa de nuestra parte.

Colosenses 3:13 añade algo práctico: “soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros, si alguno tuviere queja contra otro”. No dice que dejen de tener quejas legítimas entre ustedes. Dice qué hacer con ellas: soportar, perdonar, seguir adelante juntos, de la misma manera generosa en que Cristo los perdonó a ustedes primero. En una casa, eso puede verse tan simple como pedir perdón en voz alta, aunque cueste, y elegir no seguir cobrando algo que ya se dijo que estaba resuelto.

Oración

Padre, gracias porque tú nos perdonaste primero, sin que lo mereciéramos. Ayúdanos, en esta casa, a perdonarnos con esa misma generosidad, en las cosas grandes y en las pequeñas. Que nuestro hogar sea un lugar donde el perdón se practique de verdad, no solo se mencione. Amén.