Hay una escena que se repite casi cada noche en la cabeza de muchas madres: acostada ya, repasando el día, se detiene en el momento en que levantó la voz más de la cuenta, o en la vez que dijo que sí a la pantalla solo para tener diez minutos de silencio. No importa cuántas cosas hayan salido bien ese día. La mente encuentra el error y se queda ahí, dándole vueltas, como si ese único momento definiera todo lo demás.
Ese miedo no desaparece cuando las cosas van bien. Aparece incluso en los días tranquilos, disfrazado de una pregunta que nunca se termina de responder del todo: ¿estoy haciendo esto bien? La pregunta no tiene una línea de meta clara. No hay un punto en el que una madre pueda decir con certeza que ya cumplió, porque siempre hay una próxima decisión, un próximo momento en el que se puede volver a fallar.
Comparar sin quererlo
Gran parte de ese miedo se alimenta de una comparación que ni siquiera se busca activamente. Basta con pasar unos minutos viendo la vida de otras madres, cuidadosamente editada, para que la propia empiece a sentirse insuficiente. Nadie publica el momento en que perdió la paciencia con un hijo de tres años a las seis de la tarde, cuando ya no queda nada de energía. Esa comparación deja una idea silenciosa pero persistente: que en algún lugar existen madres que sí lo tienen resuelto, y que la distancia entre ellas y una misma es la prueba de que algo está fallando.
Detrás de todo esto suele haber algo más profundo que la simple exigencia de hacerlo bien. Muchas mujeres cargan, sin haberlo elegido, algún patrón de su propia infancia: una madre distante, o una que gritaba demasiado. El miedo a fallar, entonces, no es solo miedo a cometer errores. Es el miedo a convertirse, sin darse cuenta, en la misma herida que todavía se está sanando.
Lo que ese miedo confunde
Hay una confusión de fondo que vale la pena nombrar: preocuparse todo el tiempo no es lo mismo que amar bien, aunque desde adentro se sientan parecidos. Una madre puede pasar el día entero angustiada por si está haciendo suficiente, y esa angustia, por sí sola, no le da a sus hijos nada que en realidad necesiten. Lo que necesitan es una madre presente, capaz de reparar cuando algo sale mal, no una madre sin errores; eso es un estándar completamente distinto al de la perfección que el miedo exige.
Ana, que entregó lo que más había pedido
En 1 Samuel hay una mujer, Ana, que pasó años suplicando por un hijo, en medio de la angustia de la esterilidad y la burla de otra mujer de la casa. Cuando finalmente Dios le concede a Samuel, hace algo que parece casi imposible de entender desde el instinto materno: lo lleva al templo siendo apenas un niño destetado, y lo entrega para que sirva ahí el resto de su vida. “Por este niño oraba, y Jehová me dio lo que le pedí. Yo, pues, lo dedico también a Jehová.”
Ana no tenía ningún control sobre cómo saldría Samuel una vez entregado. No podía supervisar cada decisión que tomara el sacerdote Elí, ni garantizar que su hijo creciera bien en ese ambiente. Lo que sí hizo fue confiar en que el mismo Dios que le había dado a ese hijo seguiría cuidándolo después de que ella dejara de tenerlo bajo su propio cuidado directo. Esa confianza no vino de tener garantías. Vino de conocer a quien las sostenía.
Un Padre que se acuerda de que somos polvo
El Salmo 103 describe la compasión de Dios con una imagen que cualquier madre agotada puede reconocer: “como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo.” Dios no exige de sus hijos una perfección que él mismo sabe que no pueden ofrecer. Conoce exactamente de qué están hechos, y su compasión nace precisamente de ese conocimiento, no a pesar de él.
Esa es la misma gracia que muchas madres se niegan a darse a sí mismas. Exigen de su propia maternidad una perfección que ni siquiera Dios exige de sus hijos, y viven midiéndose con una vara que ningún ser humano podría sostener.
¿Puede una madre olvidar a su hijo?
En Isaías 49, Dios hace una pregunta retórica que solo tiene una respuesta posible: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aun cuando ella lo olvidara, yo nunca me olvidaré de ti.” El pasaje usa el amor materno, ese amor que se considera casi imposible de romper, como el punto de comparación más alto que se le ocurre a Dios para describir el suyo propio, y después dice que el suyo va todavía más allá.
Hay algo que libera en esa comparación: si el amor de Dios por una persona supera incluso al amor materno más fuerte que existe, entonces los hijos de una madre imperfecta no dependen únicamente de que ella lo haga todo bien. Hay un amor sosteniéndolos que no depende de la ejecución perfecta de nadie.
El que comenzó la obra
Filipenses 1:6 ofrece una promesa que aplica directamente a la ansiedad de la crianza: “estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.” Esa obra no depende únicamente de la madre. Dios mismo está trabajando en la vida de esos hijos, incluso en los días en los que ella siente que hizo todo mal.
Eso no cancela el esfuerzo diario de criar bien. Sí le quita de los hombros el peso de creer que el destino completo de sus hijos depende exclusivamente de que ella nunca se equivoque.
Descanso para la que está cargada
Jesús dijo: “venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” Pocas cargas son tan constantes como la de una madre que revisa cada noche si hizo lo suficiente. Ese descanso que Jesús ofrece no promete que dejen de existir días difíciles, ni que los errores desaparezcan; ofrece la posibilidad de dejar de cargar sola el peso de una perfección que nunca estuvo, en realidad, a su alcance. Ana entregó a su hijo confiando en que Dios seguiría cuidándolo. Esa misma confianza puede sostener a cualquier madre que hoy se acuesta repasando el día, buscando el error, todavía buscando el descanso de saber que nunca dependió solo de ella.