Sigues orando. Sigues leyendo tu Biblia, yendo a la iglesia, haciendo todo lo que siempre has hecho. Pero algo se siente distinto: ya no sientes ese calor, esa cercanía que antes acompañaba esos momentos. No es que hayas dejado de creer. Es que ahora crees en algo que se siente lejano, y eso te genera una culpa distinta a la de la duda: la culpa de sospechar que si de verdad tuvieras la fe que deberías tener, sentirías algo.

Es fácil pensar que la fe y el sentimiento son la misma cosa, y que si uno falta, el otro también debería faltar. Pero eso deja a cualquier persona atrapada, porque los sentimientos vienen y van por razones que muchas veces no tienen nada que ver con lo espiritual: cansancio, una temporada difícil, meses de estrés acumulado, o simplemente la vida ordinaria sin ningún drama particular. Cuando confundes la fe con la emoción que la acompaña, la ausencia de esa emoción se siente como evidencia de que perdiste algo esencial.

Job buscó a Dios sin encontrarlo por ningún lado

Pocas personas en la Biblia describen con tanta honestidad la sensación de un Dios ausente como Job. En medio de su sufrimiento dice: “he aquí yo iré al oriente, y no lo hallaré; y al occidente, y no lo percibiré; si muestra su poder al norte, yo no lo veré; al sur se esconderá, y no lo veré” (Job 23:8-9). No está exagerando ni dudando de que Dios existe. Está describiendo, con una precisión incómoda, lo que se siente buscar activamente y no encontrar ninguna señal de cercanía.

Lo que hace esta escena tan importante es lo que dice justo después: “mas él conoce mi camino” (23:10). Job no resuelve la ausencia que siente. La sostiene junto con una confianza que no depende de sentir esa cercanía en el momento. Esa es una distinción que cambia todo: puedes no sentir a Dios cerca y, al mismo tiempo, seguir confiando en que él sabe exactamente dónde estás, aunque tú no puedas percibirlo.

La sed que el salmista no escondió

El salmista tampoco finge lo que siente: “sedienta está mi alma de Dios, del Dios vivo… mis lágrimas fueron mi pan de día y de noche, mientras me dicen todos los días: ¿dónde está tu Dios?” (Salmo 42:1-3). Y en otro salmo pregunta directamente: “¿hasta cuándo, oh Jehová, me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?” (13:1-2). Esas palabras están en la Biblia, no como una falla en la fe de quien las escribió, sino como parte legítima de lo que significa creer de verdad, en tiempos donde sentir es fácil y en tiempos donde no lo es.

La sequedad que sientes ahora no borra lo que ya crees. Puede que la fe que sostiene en este momento no sea la que se siente, sino la que sigue orando aunque no sienta nada, confiando en que quien conoce tu camino no necesita que tú lo sientas cerca para estar cerca de verdad.