Es probablemente la pregunta más antigua y más difícil de la fe, y cualquier respuesta que la resuelva demasiado rápido probablemente no la está tomando en serio. Alguien pierde a un hijo, o recibe un diagnóstico injusto, o ve a una persona buena atravesar años de dolor sin explicación, y la pregunta aparece con toda su fuerza: si Dios es bueno y todopoderoso, ¿por qué permite esto?
Vale la pena decir, antes de cualquier otra cosa, que la Biblia no evita esta pregunta ni la responde con una fórmula fácil. El libro de Job dedica capítulos enteros al lamento de alguien que sufre sin merecerlo, y cuando Dios finalmente responde, no da una explicación punto por punto de por qué permitió el sufrimiento de Job. Responde con preguntas sobre la inmensidad de la creación (Job 38:1-4), recordándole a Job que hay una perspectiva que él, como criatura, simplemente no tiene acceso a ver completa.
Lo que la Biblia no dice
Es importante nombrar lo que la Escritura no afirma: no dice que todo sufrimiento sea un castigo directo por un pecado específico. Los amigos de Job intentan esa explicación durante casi todo el libro, y al final Dios los corrige a ellos, no a Job. Tampoco dice que el sufrimiento no importe, o que haya que fingir que no duele. Los salmos están llenos de lamento crudo, de personas que le gritan a Dios su dolor sin filtro, y esos lamentos quedan preservados como parte legítima de la fe, no como una falla de fe.
Un Dios que entró al sufrimiento, no que lo mira desde afuera
Lo que sí cambia todo, dentro del cristianismo, es que Dios no responde al sufrimiento humano desde una distancia segura. En Jesús, Dios mismo entra a la condición humana y experimenta hambre, traición, dolor físico extremo, y una muerte injusta. Isaías 53:3 lo describe como “varón de dolores, experimentado en quebranto”. La cruz no es un evento que Dios observa desde lejos. Es el punto donde Dios mismo carga el peso más grande del sufrimiento humano, incluyendo el abandono, cuando Jesús clama “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46).
Eso no explica cada caso particular de dolor. Pero cambia radicalmente qué tipo de Dios está del otro lado de la pregunta. No es uno indiferente al sufrimiento, observándolo desde una distancia cómoda. Es uno que lo conoce desde adentro.
Una promesa sobre el final, no sobre el ahora
Romanos 8:18 dice que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar, y Apocalipsis 21:4 promete un lugar donde Dios mismo va a enjugar toda lágrima, donde la muerte, el llanto y el dolor ya no existirán. Esas promesas no son un permiso para minimizar el dolor de ahora. Son una afirmación de que el dolor de ahora no es la última palabra sobre cómo termina la historia.
No hay una respuesta que haga que el sufrimiento deje de doler. Pero hay una diferencia real entre atravesarlo solo, sin ningún sentido posible, y atravesarlo sabiendo que hay un Dios que ya lo conoció desde adentro, y que promete un final donde eso no va a ser lo último que quede.