Alguien en tu grupo describe una certeza sobre Dios que tú no sientes casi nunca. Otra persona cita versículos de memoria con una fluidez que a ti te toma minutos de búsqueda. Alguien más cuenta una experiencia de oración tan clara, tan sin dudas, que empiezas a preguntarte si lo que tú llamas fe siquiera cuenta como tal, comparado con eso. No es que hayas dejado de creer. Es que, al lado de esa versión aparentemente sólida de la fe de otra persona, la tuya, llena de preguntas sin resolver y días donde apenas logras orar dos frases, se siente insuficiente.
Esa comparación asume algo que rara vez cuestionamos: que la fe funciona como una cantidad fija, medible, donde algunas personas tienen más y otras menos, y que la meta es acumular la mayor cantidad posible hasta parecerte a quien admiras. Bajo esa lógica, tu fe con dudas pierde automáticamente frente a la fe con certezas de otro. Pero eso no es exactamente lo que muestra el relato del hombre que más necesitaba un milagro para su propio hijo.
Una fe que pide ayuda para su propia falta de fe
Un padre lleva a su hijo enfermo ante Jesús después de que los discípulos no pudieron ayudarlo. Jesús le dice que todo es posible para el que cree, y la respuesta del padre no es una declaración de confianza total. Es algo mucho más honesto: “creo; ayuda mi incredulidad” (Marcos 9:24). No pretende tener una fe que no tiene. La nombra tal como es, mezclada con duda, y se la entrega así, incompleta, a Jesús. Y Jesús responde a esa fe imperfecta sanando al niño, no exigiendo primero que la duda desapareciera.
Del tamaño de una semilla, no de una montaña
Jesús mismo pone el estándar en un lugar sorprendentemente bajo: “si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: pasa de aquí allá, y pasará” (Mateo 17:20). No pide una fe del tamaño de la montaña que hay que mover. Pide una fe del tamaño de la semilla más pequeña que conocían. Y Pablo, escribiendo a una iglesia con dones y experiencias muy distintas entre sus miembros, pide a cada uno que se evalúe “conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno” (Romanos 12:3), no conforme a la medida que le tocó a otro.
Tu fe no se mide contra la de la persona que ora con más fluidez que tú. Se mide, si acaso, contra si sigues llevando tus dudas hacia Dios en vez de alejarte de él por tenerlas. Esa fe pequeña, mezclada con incredulidad reconocida, es exactamente la fe que Jesús ya demostró que puede usar.