Puedes estar rodeado de gente y aun así no tener a quién llamar a las once de la noche si algo se rompe. Esa distancia tiene nombre, y no es sobre cuánta gente tienes cerca.
No hubo un pleito. No hubo una traición que puedas señalar. Un día simplemente dejaron de escribirse tan seguido, y ahora pasaron meses y ninguno sabe cómo retomar algo que antes no necesitaba esfuerzo.
Con un desconocido puedes ser paciente durante horas. Con la persona que más te importa, a veces basta un mal día para decir algo que después no puedes retirar.
Te dijeron que ya pasó, que ya se disculparon, que ya deberías haber pasado la página. Pero tu cuerpo sigue reaccionando como si el golpe pudiera repetirse en cualquier momento.
Aceptaste otra vez algo que no querías hacer. Y ahora cargas el resentimiento de haber dicho sí, además del trabajo de hacerlo.
No siempre es que dejaron de quererte. A veces tu necesidad les recuerda una que ellos mismos no saben sostener.
A veces lo que llamas cuidar a tu familia es en realidad la necesidad de tener todo bajo control. La diferencia importa más de lo que parece.
Hay una diferencia entre alguien que te alcanzó una vez y alguien que sigue eligiéndote. Esa diferencia es la que en realidad estás buscando.
No es vanidad querer que alguien note lo que sientes sin que tengas que explicarlo. Es un anhelo mucho más antiguo que cualquier crítica que hayas recibido por tenerlo.