Hay una cuenta que casi todos hacen alguna vez, aunque nadie la haga en voz alta: los años en una relación que no debiste sostener tanto tiempo, el trabajo que exigió todo y no te dejó nada que de verdad importara, la etapa entera en la que fuiste una versión de ti mismo que ya ni siquiera reconoces. Y cuando terminas esa cuenta, lo que más pesa no es el detalle de lo que pasó. Es una pregunta más simple y más dura: ¿ya es demasiado tarde para que esos años sirvan de algo?

Parte de lo que hace tan pesada esta sensación es que tratamos el tiempo como si fuera un recurso que, una vez gastado mal, queda perdido para siempre, sin ninguna posibilidad de recuperación. Bajo esa lógica, los años que sientes que perdiste son simplemente años menos que te quedan, restados de un total que ya nunca vas a completar. Es una manera de pensar comprensible. También es, según lo que promete la Biblia, incompleta.

Una promesa hecha después de una plaga real

Joel le habla a un pueblo que de verdad perdió años completos de cosecha por una plaga devastadora de langostas, un desastre agrícola tan grave que puso en riesgo la vida de toda una generación. No les dice que finjan que no pasó. Les hace una promesa concreta: “os restituiré los años que comió la oruga, el saltón, el revoltón y la langosta” (Joel 2:25). Eso no significa que el tiempo perdido regresa literalmente sin haber existido. Significa que Dios se compromete a restaurar lo que la pérdida se llevó, no a borrar la pérdida, sino a hacer algo real con lo que queda después de ella.

No se trata de olvidar que pasó

Pablo, que también tenía años que podía lamentar, no dice que esos años no importaron. Dice algo distinto: “olvidando ciertamente lo que queda atrás… prosigo a la meta” (Filipenses 3:13-14). El verbo que usa no es borrar, es soltar el peso de mirar constantemente hacia atrás para poder avanzar con lo que queda por delante. Y el salmista pide algo parecido, no que Dios le devuelva los años ya vividos, sino sabiduría para usar bien los que todavía tiene: “enséñanos a contar nuestros días, de tal manera que traigamos al corazón sabiduría” (Salmo 90:12).

Los años que sientes que perdiste no se pueden vivir de nuevo. Pero la pregunta que de verdad importa no es si puedes recuperarlos tal como eran. Es si todavía tienes tiempo por delante para que Dios haga algo con lo que queda, y según esa promesa hecha a un pueblo que también creyó que ya era demasiado tarde, la respuesta sigue siendo que sí.