Alguien de tu misma edad ya compró casa. Otro ya tuvo su segundo hijo. Otro más ya llegó al puesto que tú todavía sientes lejano. Ves todo esto sin buscarlo, en una publicación, en una conversación con un amigo, en una reunión familiar donde alguien pregunta “¿y tú para cuándo?” como si hubiera una respuesta correcta y tú ya la hubieras fallado. Nadie te dio un cronograma oficial de cuándo deberían pasar las cosas en tu vida, y sin embargo lo sientes como si existiera, y como si lo estuvieras incumpliendo.

Lo curioso es que ese cronograma cambia según a quién estés mirando. Si comparas tu carrera, siempre habrá alguien más avanzado. Si comparas tu vida familiar, siempre habrá alguien que llegó antes a donde tú todavía no llegas. La comparación nunca se detiene en un punto donde por fin puedas sentir que vas bien, porque siempre hay un cronograma distinto esperando para hacerte sentir atrasado en otra cosa.

Los que llegaron última hora y recibieron lo mismo

Jesús cuenta una parábola que incomoda a cualquiera que valore el orden de llegada: un dueño de viña sale varias veces durante el día a contratar obreros, algunos desde temprano en la mañana y otros apenas una hora antes de que termine la jornada. Al final del día, paga exactamente lo mismo a todos, sin importar cuánto tiempo trabajó cada uno. Los que llevaban todo el día trabajando reclaman, y el dueño responde: “¿no conviniste conmigo por un denario?… ¿o tienes tú envidia, porque yo soy bueno?” (Mateo 20:13,15). Jesús cierra la historia con una frase que resume todo: “así los primeros serán postreros, y los postreros, primeros” (20:16).

Esa parábola no está diciendo que el esfuerzo no importa. Está diciendo que la generosidad de Dios no funciona según el orden en que llegamos. Sara esperó décadas la promesa de un hijo, mucho más allá de la edad en que cualquier cronograma humano diría que ya era tarde, y aun así “visitó Jehová a Sara… y dio a luz Sara un hijo a Abraham en su vejez, en el tiempo que Dios le había dicho” (Génesis 21:1-2). El tiempo de Dios no llegó tarde. Llegó exactamente cuando estaba planeado, aunque no coincidiera con ningún cronograma razonable.

Un tiempo para cada cosa, no un cronograma para todos

El Eclesiastés lo dice de una forma que corta directo la comparación: “todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora” (3:1). No dice que todos tienen el mismo tiempo para lo mismo. Dice que cada cosa tiene su hora, y esa hora no es intercambiable entre una persona y otra.

La próxima vez que sientas que vas atrasado comparado con alguien más, vale la pena preguntarte de quién es en realidad ese cronograma que estás usando para medirte. Puede que la vida que estás esperando no esté retrasada. Puede que simplemente todavía no sea su hora.