Alguien de tu edad ya compró casa, ya tuvo hijos, ya avanzó en su carrera. Y tú sigues sintiendo que vas atrasado en una carrera que, en teoría, nadie te obligó a correr.
Miras hacia atrás y ves años en una relación que no debiste sostener tanto, en un trabajo que no te dejó nada, en una versión de ti mismo que ya no reconoces. Y la pregunta que más pesa no es qué pasó, sino si ya es demasiado tarde.
El trabajo se acabó, la relación se acabó, esa etapa se acabó. Y aun así sigues revisando la puerta por si acaso, como si una parte de ti todavía no hubiera recibido la noticia.
No es que te falten alternativas. Es que ninguna viene con garantía, y llevas semanas esperando una señal que confirme cuál es la correcta.
El logro cumplió su parte. El problema es que le estabas pidiendo algo que nunca prometió dar.
No es que no tengas un lugar en la historia. Es que ese lugar es tan específico que a veces cuesta reconocerlo como propio.
En algún momento cambiaste el riesgo por la seguridad, y te convenciste de que era lo correcto. Pero algo en ti sigue extrañando el riesgo.
Confundes con frecuencia el conflicto que Dios te pidió enfrentar con el que solo estás evitando. La diferencia no siempre es obvia.